Cuando te dicen las palabras mágicas: Festival de Música, siempre evocas imágenes que de alguna u otra forma te sitúan en el lugar de tus sueños (claro, sí te gusta la caminata y la música todo el santo día). Miles de personas gritándole a su banda favorita, un ambiente relajado, diverso (generalmente los festivales, aunque con cierta curaduría, agrupan bandas que jamás verías juntas en un escenario), comida, olores, gafas oscuras y sí… cansancio. Todos los festivales decentes del mundo tienen distintos escenarios, cada uno te da una vivencia distinta. Así es el Vive y así es Coachella.
Desde sus inicios, el festival de Coachella ha tenido un bemol en el terminajo “Festival de Música”. Los organizadores agregaron (acertadamente) un término al nombre y el primaveral evento en Indio, California lleva el mote de “Festival de Música y Artes”. Esto, a primera lectura puede no decirte nada, pero en realidad es toda la diferencia del mundo. La experiencia cambia dramáticamente: agregas el componente de otro tipo de creadores.
Cuando entras al Empire Polo Field lo primero que te topas es (por supuesto) una larga fila para entrar, sin embargo, una vez librando el trámite te encuentras en un Diseneylandia hecho a la medida para tus necesidades melómanas. Una gran carpa de souvenirs, de todo tipo de alimentos y sí… arte, arte y más arte. Cada año, los chicos de Goldenvoice (la compañía organizadora) convocan a una serie de artistas, que van desde escultores, ingenieros y creadores multidisciplinarios. La idea es que el arte interactúe con la música mediante la experiencia.
Cuando eras niño querías ir a la tierra del ratón Miguelito, porque todos y cada uno de los detalles de su hogar están perfectamente cuidados para que pases días mágicos: ergo, Magic Kingdom. El viaje al desierto es similar. Comienza desde la carretera, ves los coches de otros que al igual que tú, están ansiosos por pasar tres días irrepetibles. Incluso, las bandas terminan siendo un pretexto para muchos. Estar en el pasto, ver la caída del sol con las montañas y las palmeras; observar como la mística del día se transforma en la indescriptible vibra de la noche, así como te prometen las tarjetas de crédito: no tiene precio. Eso te lo da el lugar, pero también la forma en la que está planeada tu estancia.
Son 3 carpas, cada una con nombre de desierto: Sahara, Mojave y Gobi (de mayor a menor tamaño respectivamente); y dos escenarios. ¿Tu banda toca hasta el otro lado? No importa, en el camino te toparás con deleites visuales (tanto en la arquitectura del lugar, como en los asistentes), tal vez con música que jamás habías escuchado e inclusive tiendas de discos en donde puedes conocer a los talentos que tocarán en los escenarios. No te cansas a menos de que no estés hidratado (es el desierto). Si el sol te mata, hay lugares para echar la hueva. Si no hay bandas que te latan tocando, no te las tienes que soplar (a diferencia de los festivales de música): te puedes divertir fácilmente en alguna de las instalaciones que hicieron para tí.
¿Suena bien? Pues es mucho mejor. Empaca tus lentes oscuros, tenis cómodos, shorts y hasta traje de baño, tienes que estar #encoachella. No hay forma de aburrirte, es como Disneylandia, pero mucho, mucho, mucho más chido.