TRES DÍAS: EN LA BALANZA

Por baxter
FotoTexto

El festival de Coachella es king size en todo sentido: el campo es eterno, la cantidad de bandas, de comida, de distracciones, y por supuesto en la extravagancia de sus visitantes. Es un verdadero freakshow de principio a fin. Comienza con el famoso Carpoolchela, un sorteo para ganar boletos de por vida a través de juntarte con tus amigos y decorar (como quieras, desde rayones fosforescentes hasta discretos letreros) tu coche con esa palabra. En la carretera ves todo tipo de automóviles, camionetas decoradas a la Scooby Doo, parabrisas y medallones con palmeras: pura buena onda en el freeway.

 

Una vez que entras al festival hay de todo: Teletubbies, botargas, mujeres-hada y este año: indios. Los penachos fueron la constante con la banda chaca-raver de la Sahara Tent. Miles de gringuillos con la cabeza decorada con plumas bailaban al son que les tocaran: Phoenix, Thom York o Rusco, no importa. Algunos parecían niños de la selva, caníbales y otros (y otras, por supuesto) modelos de aparador. Lo importante para muchos en el festival es no pasar desapercibido, recordemos que nosotros venimos de otro país, pero para muchos, el festival es una celebración con compañeros de Universidad, de y para californianos.

 

 

 

La vibra generalizada dentro del campo de polo es positiva, escuchamos por ahí que el día dos hubo sólo 5 peleas y una catfight… para más de 75 asistentes eso es casi, casi saldo blanco. Pero no hay público como el mexicano. No sé si se trate del calor o que traigan los ojos como si se acabaran de salir de la alberca, pero al gran aforo de personas parece no importarle gran cosa lo que sucede en el escenario. A diferencia de lo que sucede en este tipo de eventos en nuestra ciudad, en donde sacamos a relucir nuestro más puro ingenio, “la banda” de Coachella es mucho más difícil (no me atrevo a decir exigente). Los artistas tienen que esmerarse, y en ciertos puntos convertirse en animadores de fiestas, para que la gente brinque, aplauda o haga algo. Claro, que cuando lo logran, como fue el caso de De La Soul, generan un montón de energía para el festival. Aquí no hay encores, ni se esmeran por gritarles las canciones que quieren escuchar. Es mucho más “civilizado”, y al mismo tiempo hasta aburrido. Como México no hay dos.

 

 

Hemos hablado ya de los precios del festival, pero si hubo algo que me sorprendió fue ver el nivel de consumo que tienen los norteamericanos con respecto a todo. Una limonada congelada (con valor de 6 dólares) es consumida cada 5 segundos en el festival. Prueba de ello está en el piso, en donde terminan todos los envases de este delicioso helado. La recesión está por terminar en el país de las barras y las estrellas y se nota. La cantidad de gente que asistió a la edición 2010 de este festival sobrepasó las anteriores (y con headliners más vistosos como Paul McCartney o Portishead). Todo sea por zafarse tres días de la cotidianidad y sobrevivir el desierto… con agua de 2 dólares la botella.

 

 

 

El festival pasa por uno de sus mejores momentos, en cuestión de aceptación del público, y no es para menos. Coachella es una experiencia multisensorial, altísimamente musical, social, intercultural que a lo largo de once años se ha posicionado como la opción para la primavera en el público. No en balde, Paris Hilton o Danny DeVito son constantes ahí, al igual que miles de mexicanos que cruzan la frontera en busca de un festival que satisfaga sus necesidades musicales y experienciales. Ha llegado el final de Coachella 2010, con un Damon Albarn estableciendo un discurso político con una banda que cuando empezaba, se antojaba para niños. Los niños han crecido, ya son adultos, y saben divertirse como nadie, disfrazados como todos, en esta ceremonia de tres días, que ya queremos que se repita.

 

Gracias por leer, nos vemos en 2011.